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sábado, 22 de noviembre de 2008

La historia (de amor/odio) de mi primer juego: Donkey Kong Land


Hoy voy a hablar de mi primer juego, mi primer juego de consola. La primera vez nunca se olvida, ya sabéis. Y no olvidaré la primera vez que introduje en la ranura mi cartucho color banana de Donkey Kong Land para Game Boy Pocket.

Realmente no fue mi primer juego, ya tenía maquinitas de estas que venden en las tiendas de chinos o regalan de vez en cuando con el menú infantil del Mcdonald's. Bueno, también tenía un Spectrum de mi padre, pero tras ver que, para poder probar un juego nos pasábamos media tarde montando el cableado y otra media viendo rayas de colores y escuchando sonidos estridentes, no volví a llorarle nunca más durante una semana para que sacase el chisme del trastero. También influyó que mi madre había cultivado todos los tópicos sobre videojuegos que rondaban por ahí, y claro, le mosqueaba verme pegado a los ruidos y a las rayas del Spectrum, y sólo le faltaba lanzarse hacia mí para apartarme de la tele al grito de "¡que eso da epilepsia!".

Respecto a las maquinitas, sí, me refiero a esas que son tipo Game & Watch pero sin diversión. Tenía una que se llamaba "Spider-Boy", en el que manejaba a un clon cutre de Spider-Man y sólo tenía que moverme a izquierda y derecha para que golpease automáticamente a los enemigos que se iban acercando por los lados.

Mi madre auguraba que no íbamos a ganar para pilas cuando me la compré, pero se equivocaba, era pequeño, pero no tonto. No quería seguir jugando esas patrañas, no mientras mis amigos ya charlaban sobre Super Mario World, el Zelda de la Súper o sobre la mierda que era Sonic por no poder volar con capa. Yo recuerdo que decía "pero mi consola tiene un teclado para escribir". Qué intento más penoso de integrarme.

Pero bueno, que me desvío del tema, corría el año 1998, estoy casi seguro, y, harto de que para poder jugar a una consola tuviese que pasar la tarde del sábado en el Alcampo, ideé un plan. Se acercaba la comunión de mi hermano, y le convencí para que se pidiese una Game Boy Pocket, que recuerdo que de aquella se anunciaba en la tele con una cadena de montaje en la que metían una Gameboy tocho, la aplastaban varias prensas hasta que quedaba tan pequeñita y mona ella y venía un chaval y se la metía en el bolsillo trasero del pantalón, más cool que nadie.

Mi plan funcionó. Llego el día de la comunión de mi hermano, él, ilusionadísimo (por los regalos, por qué va a ser), y yo, más. Sólo tenía que esperar a que le entregaran los paquetes. Y conseguí alzarme triunfante con esa Game Boy Pocket roja.

Pero no había contado con una cosa: no tenía juego. Es una situación aún más frustrante que ser el único de tu clase que no puede hablar de videojuegos de verdad: tener una consola, pero no tener qué jugar. Y era domingo, todo estaba cerrado, no iba a poder comprar ningún juego. El mundo se me cayó encima. Me pasé la tarde encendiendo la consola, que al no tener juego sólo mostraba un deprimente rectángulo negro donde debía ir la palabra "Nintendo", y machacando los botones imaginando que jugaba a algo. Os aseguro que al día siguiente ya casi había fundido las pilas.

Al día siguiente, más seco que la mojama de tanto llorarle a mis padres, me pasé por el mítico Blockbuster que tenía al lado de casa, 5000 pesetas en ristre, para hacerme con algún juego. Desilusionado, vi que juegos como Donkey Kong Land 3, que se me antojó al ver su anuncio por la tele, con unos chimpancés brincando a ritmo de un marchoso tema de Gary Glitter. Costaban 5990 pesetas. Al haber agotado ya mi reserva de lágrimas, sabía que iba a tener que recurrir a la línea económica, a los dos o tres juegos que tenían apartados del resto. Y ahí estaba él, Donkey Kong Land. Un gorila, un chimpancé con gorra, un cerdito con alas... prometía. Así que me lo llevé, y mientras desenvolvía el juego, no sospechaba que Donkey se iba a convertir, tanto por méritos propios como por tener el honor de ser el anfitrión de mi primer juego "de verdad", en uno de mis personajes favoritos.

Me leí el manual de pé a pá antes que nada, acto que se convirtió casi en un ritual que religiosamente llevo a cabo desde entonces con cada nueva compra. Puse el juego en la consola, ahora ¡SÍ! salía el logo de Nintendo. Mi hermano, al escuchar mi grito de alegría, se acercó y me quitó la maquinita de las manos. Coitus interruptus.

Pero cuando me tocó jugar a mí, me sentí como un domador de circo: yo le decía al mono que hiciese cabriolas, y él las hacía. Estaba en una jungla, cogía plátanos, saltaba sobre reptiles, me subía a lomos de un rinoceronte, rodaba, me caía por barrancos... todo era divertido.

Recuerdo que en la primera fase había una zona de bonus a la que se accedía destruyendo con Rambi el rino una pared de piedra, y aparecías en una zona de ruinas sumergidas de la que tenías que salir nadando mientras cogías bananas. Pues yo, que debía tener pocas luces, no sabía que estaba en una zona sumergida, ni que se podía bucear, movía la cruceta pero el personaje apenas avanzaba, con lo que pensé que era una zona trampa y nunca entraba ahí.

La siguiente pantalla era una de nieve, que recuerdo que tardé en pasarme dos días, porque había algún que otro salto bastante ajustado y siempre me caía. Pero seguí avanzando, al mundo submarino, donde aprendí a bucear por fin, luego al de las cuevas... y en este me detendré, porque el tercer mundo de Donkey Kong Land, el de las cuevas, tiene el peculiar honor de albergar el nivel que más me costó superar en TODA MI HISTORIA CON LOS VIDEOJUEGOS. El temible Doing.

¿Qué es el Doing? Pues es el nombre que le pusimos mi hermano y yo a un nivel en el que estabas sobre las nubes, sobre una pequeña plataforma que se iba moviendo, e iba rebotando contra las paredes, cambiando de rumbo a cada poco. Cada vez que la plataforma chocaba contra una pared y rebotaba, hacía ese sonido de rebote que fue el que dio nombre al nivel, y no sólo eso, también al fenómeno "doing", o ese nivel o zona de los juegos que odias, y que con sólo recordarla ya se te quitan las ganas de volver a rejugar ese juego. Pues bien, cerca del principio del nivel, la plataforma rebotaba contra una pared y retrocedía, una y otra vez, volvía al principio, rebotaba contra el muro del principio, volvía hacia la otra pared, volvía a rebotar... y así me podía pasar horas. No sabía qué hacer.


A algunos les deprime escuchar Hurt de Johnny Cash, a mí esta es la música que más me amedrenta

Hay un video del nivel en Youtube. ¡Y en los comentarios hay uno que dice que tardó casi un año en pasarselo! ¡Mi alma gemela!

Aprovecho para comentaros, no sin cierta vergüenza, que no sé por qué leches tenía en la cabeza que si en un juego te salía la pantalla de "game over" se te borraban todas las partidas. La temía. Así que, en el momento en que perdía mi última vida, apagaba corriendo la consola para salvar mis datos de la quema. No sé cuándo se me quitó esa tontería, pero por su culpa me perdí la molona pantalla de Game Over de DK Land.

Volviendo a ese maldito nivel, tras meses de intentos infructuosos, sin exagerar, lo dí por imposible. Seguí jugando a DK Land, empezando nuevas partidas, pero siempre lo dejaba en el doing. Para mí el juego se acababa ahí, o eso intentaba hacerme creer, mientras miraba, en el manual, babeando, que había un cuarto mundo ambientado en una ciudad que tenía una pinta cojonuda. Nunca la vería.

De hecho, pasó el tiempo, y también me pasé muchos juegos que fueron llegando a mis manos, incluyendo Donkey Kong Land 2 y 3, Super Mario Land 1 y 2, Zelda Link's Awakening... pero seguía sin ser capaz de terminarme el doing. Hasta que, un día, en una de mis sentadas de Donkey Kong Land "empiezo, me llego hasta el doing y me voy a dormir", me dí cuenta de que si saltaba estando encima de la plataforma, cambiaba su rumbo. Y para más inri, me dí cuenta de que había una flechita grabada en la plataforma, que indicaba la dirección en la que iba, y que podías alterar simplemente dando un salto. Lo mío es de juzgado de guardia, lo sé. Salté, reboté, conduje la plataforma por ese laberinto de paredes y nubes, y me pasé ese endemoniado nivel, casi dos años después. Y en esa misma sentada, todo emocionado, y del tirón, me pasé todo el juego. Sí, toda la parte final no me supuso ningún problema, me había pasado el doing, nada podía conmigo. Muy buena toda la zona final, con niveles muy originales como ese en que tienes que usar las letras "KONG" como puentes para seguir avanzando, el de los barriles de gasolina quemada, la lucha final con K.Rool y esa música tan cañera (la banda sonora en general es buenísima)... Inolvidable.

Pues esta es la historia de mi primer juego, uno de mis favoritos, y posiblemente al que le tenga más cariño. Es la historia de mi primera vez, de mi primer amor videojueguil, y como en las buenas historias de amor, hay momentos de felicidad extrema, otros más estables, otros de frustración, incluso de odio, de distanciamiento, pero, al final, al darle otra oportunidad, tras ese reencuentro, consigues dejar atrás los obstáculos y consigues reconciliarte con el dichoso juego.

Tengo que rejugármelo, y vosotros deberíais darle una oportunidad. A ver si sacan una especie de consola virtual para la DS... sería el primero que descargaría.

4 créditos insertados:

Copito dijo...

Un buen texto es aquel que aunque parezca largo, te lo lees del tirón de lo bien escrito que está.
Enhorabuena, tu texto es uno de ellos, jeje.
En serio, me han encantado tus vivencias con el Donkey Kong.
Yo soy poco de juegos, y menos aún de pasarmelos enteros ... por eso me gustan los que no son de niveles.
Pero entiendo esa indefensión ante la "imposibilidad" de pasarse un nivel. A mí me pone de MUY mala leche. Es horrible. Te dan ganas de meterte en la cama y llorar y llorar. Esos niveles deprimen mucho. Seguro que en el mundo hay algún caso de suicidio por algún videojuego.
Creo que mi primer juego fue El Rey León. Un poco mierda, pero yo no le hacía ascos a nada xD
Ale, a seguir escribiendo tan bien!! :)

Y sobre mis textos ... no tengo lado sentimental, sólo lo aparento, si yo soy una chica dura y malota!! xDDDD

Besitos!!

Madreñas dijo...

Mañana lo terminó de leer, tiene muy buena pinta.
Un saludo de la chica del al lado!!

Nacho Bartolomé dijo...

Nunca pensé que te diría esto, Copito, pero gracias por tragartelo todo!

El Rey León no era mal juego, aunque desesperaba que el ataque que tenías contra los enemigos fuese rugirles... ¡joe, es un videojuego de leones, tendrías que poder descuartizar hienas con sus garras!

Madreñas, ¡qué incómoda debes andar!

googler dijo...

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